Comienza una película, tu película, abres los ojos y eres un niño que por empeño de tu madre y con ayuda de becas gubernamentales para el fomento a la educación universal vas al preescolar y a la primaria a una escuela privada que es católica, donde todos los días tienes que rezar, donde comienzas a realizar redes de amistad con niños cuyo capital social y económico son mucho mayores a los tuyos, donde se vuelven comunes los simulacros para saber qué hacer en caso de fugas de amoniaco en las petroquímicas de tu ciudad o los secuestros al salir de clases.
Supongamos que, una vez que sales del colegio regresas al fraccionamiento de casas de interés social donde vives y que no hace mucho le dieron a tu papá porque el gobierno acaba de implementar una política social de que otorga hogar a los trabajadores (la frase “se puede sentir el cambio en el gobierno”, se escucha continuamente en las sobremesas de las familias que sin dejar de ser pobres, están comenzando a pertenecer a una clase media con casa propia), allí los niños más grandes llevan a la escuela pública más cercana a sus hermanitos pequeños porque sus madres tienen que trabajar dobles turnos en Chedraui, en el sobreruedas o ir a limpiar casas (a ellas no les ha llegado el progreso); las niñas y los niños que, por nunca discriminarlos te aceptan y te respetan como su amigo, por la tarde caminan las colonias vecinas recolectando “desperdicio” para, en el mejor de los casos, engordar a los puercos que posteriormente han de vender en carnitas, tamales, chicharrón o manteca (en el peor caso, o en el normal, los niños hurgan el desperdicio y seguro encuentran algún manjar para completar el estómago todos los días).
Aunque eres niño, te comienzas a dar cuenta que la cosa no anda bien, no te parece justo la desigualdad y comienzas a realizar preguntas más complicadas a la mamá sobre por qué no todos podemos vivir dignamente; tu madre, con todo el amor que puede, a través de trova, de cuentos, de poesía y de juegos de mesa te trata de explicar la mierda del mundo.
De pronto, cierras los ojos y cuando los abres otra vez, ha pasado un poco de tiempo, ahora eres adolescente, la violencia ha aumentado en el barrio y en la ciudad, los noticieros se inundan de muertes y desapariciones en todo el país, tu madre no permite que veas películas de acción ni juegues videojuegos de armas o luchas porque eso “pudre la mente y les llena de violencia la cabeza a los niños”, por eso desarrollas una afición casi enfermiza por el fútbol. Al fin lo encontraste, pronto te das cuenta de que ese absurdo deporte en el que 22 personas corren detrás de un balón te servirá como refugio y como escape durante toda la vida.
Supongamos que, ya ha pasado el tiempo y desde la secundaria ya estudias en escuela pública donde tus habilidades para jugar futbol te ayudan a relacionarte con niños de distintos estratos sociales y con ello tienes acceso a diferentes círculos sociales que difícilmente hubieras podido acceder de otro modo. Tus padres se han separado, la economía familiar se vuelve cada vez más compleja, tu madre hace miles de cosas para vender y tratar de apoyar a sus dos hijos que estudian fuera y a su tercer hijo que, con ayuda de becas gubernamentales, que han cambiado de nombre, pero siguen siendo las mismas, está pronto a terminar la preparatoria, cuando un día cualquiera regresas a casa y tu madre te sienta en la mesa y te dice que algo ha sucedido y que tu amiga con la que creciste ha sido asesinada dado que sus padres no quisieron pagar el rescate por recomendación de las autoridades.
Supongamos que ya avanzada la película, otra vez cierras los ojos y los vuelves a abrir, esta vez ya te encuentras radicando en otra ciudad con otros círculos sociales y puedes estar allí porque la gestión de la política social en México lo permite. Estás estudiando en una universidad pública donde pagas $130 el semestre porque es pública, donde los sándwiches cuestan $2 o $4 porque están subsidiados por el gobierno, donde puedes formarte para comer platillos de frijolitos a $1, muslos o piernas de pollo en algún guisado a $3, o tomar un bolillo por $1… aunque de manera austera, por fin estás viviendo el sueño. Pronto el sueño va cambiando y te das cuenta de que, aunque tú hayas salido del pueblo, el pueblo no puede salir de ti y cuando regresas de vacaciones te das cuenta de que todo ha cambiado.
Los chicos con los que creciste en el barrio jugando fútbol con chanclas por una Coca Cola ya no son los mismos, ahora portan armas, salen en los periódicos, extorsionan personas y asesinan a cambio de dinero, y te respetan porque tú fuiste diferente, cuando te tocó decidir tú decidiste ser “puto”, ser pendejo y te retiraste a jugar futbol, a leer, a escuchar Radiohead, Pearl Jam o Manu Chao, a llorar, a pensar mierdas distintas a las que se te ofrecían. Por su parte, la situación de los otros chicos del colegio no es muy diferente, lo único que cambia es que éstos son los jefes de aquellos, no obstante, repito, ambos te admiran y te respetan porque aun teniendo cero oportunidades te aferraste a tu sueño de vivir dignamente y lo estás logrando con ayuda gubernamental sin tener que recurrir a la violencia ni al narcotráfico.
Supongamos que te das cuenta de que la película no ha terminado y que el sueño por construir un mejor lugar para vivir para todos aún se puede conseguir. Sólo que ahora al sueño lo ves cada vez más cercano porque comprendiste que la cosa no es ponerse pasamontañas ni alzarse en armas para conseguir una transformación, sino que quizá algo más complicado, que es que a través de una correcta implementación de la política social en México como mejores universidades públicas, mejor alimentación a todos los ciudadanos, mejores condiciones laborales, mejores bienes y servicios, la dignificación de la vivienda para los sectores más vulnerables y la atención sin prejuicios de la salud mental se pueda contribuir a mejorar la calidad de vida de todas las personas.